jueves, 16 de junio de 2011

David Vann, Sukkwan Island


Una historia implacable, desencantada, dura, angustiosa y, al mismo tiempo, una novela brillante, bien escrita, de una prosa directa, desprovista de adornos. Todo esto es Sukkwan Island, la primera novela de David Vann, publicada en castellano por Ediciones Alfabia. Nacido en 1966 en Adak, una de las islas Aleutianas, en el extremo más occidental de Alaska, nuestro autor parte de una terrible experiencia autobiográfica para construir su libro: cuando era un adolescente, su padre le pidió que pasase una temporada con él en un paraje remoto de Alaska, pero David no fue y su padre se marchó solo. Al tiempo, su padre se suicidó. En esta novela, David Vann relata un “exfuturo”, lo que pudo haber sido y no fue, esa posibilidad de existencia que no llegó a desarrollarse porque nuestro autor tomó, en un momento determinado, otro camino vital.

Roy es un adolescente que viaja con su padre a una isla de Alaska, donde tienen pensado pasar un año en completa soledad, sobreviviendo como “robinsones”, afianzando una relación algo deteriorada. Aparentemente están surtidos de víveres, tienen una radio para comunicarse y llamar, una avioneta pasará cada cierto tiempo, pero a Roy le cuesta adaptarse a esa vida, en un entorno hostil en el que llueve, hace frío, en compañía de su padre, un hombre al que no conoce demasiado bien. El tiempo vuela con las tareas de la supervivencia, como cazar, pescar, hacer incursiones en el bosque, construir una cabaña para ahumar pescado, etc., pero la sensación de claustrofobia, de que algo no va bien, no tardará en manifestarse, a través de pequeños gestos, de ligeros contratiempos como la aparición de un oso, las primeras nieves o un breve extravío en el bosque.

Lo que ocurra después lo tendrá que descubrir el lector por sí mismo, pero le aseguramos que no quedará indiferente. Más allá de la anécdota que da lugar a la ficción, estamos ante una novela fuerte, que corta la respiración, y que mueve a la reflexión sobre las obligaciones de la paternidad y sobre el daño que un modelo estable puede causar en los hijos.


Si queréis ver el vídeo de la primera parte de este programa (15/06/2011), pinchad aquí.

lunes, 23 de mayo de 2011

Marian Womack, Memoria de la nieve


¿Quién no se ha quedado inmóvil al contemplar un paisaje nevado, al escuchar el silencio en el que la nieve sepulta a las ciudades? Sus copos no son inocentes: congelan el tiempo, acallan el bullicio, sepultan los colores en uno solo, un blanco brillante que nos hace entornar los párpados hasta casi cerrarlos.

Algo parecido ocurre en Memoria de la nieve, la primera novela de Marian Womack (Cádiz, 1975), publicada muy recientemente por Tropo Editores. Sus siete capítulos nos trasportan a siete lugares diferentes, en siete tiempos distintos, desde el Moscú Revolucionario hasta el Oxford de los años sesenta, pasando por Siberia, la sierra de Mallorca o la Antártida, el lugar donde todo es nieve. Unidos por este leitmotiv, la novela se articula como un mecanismo perfecto de narraciones circulares y personajes que aparecen y desaparecen, sin que tengamos la certeza de que sean siempre los mismos, que se van inmiscuyendo unos en las historias de otros, como muñecas rusas indisciplinadas ante la locura o la muerte.

Esta novela, intensa y desasosegante, nos habla de la soledad, de lo peligrosa que resulta la hibernación en uno mismo al dar lugar a existencias enfermas de melancolía, fantasmas o impulsos de autodestrucción. Tiene algo de cuento gótico, de atmósfera inquietante, como en el capítulo titulado Oxford, la nevasca y el museo, donde el protagonista es un archivero, cuya vida bascula entre su conducta rutinaria y dos hechos que lo vienen a sacudir, a saber, las visiones de un fantasma (su hermano pequeño muerto) y la irrupción de una extraña mujer.

Una prosa muy cuidada, en la que las palabras se transforman en imágenes, olores, resplandores níveos. Una novela para lectores que piden más, a los que no asustan las vueltas atrás en la narración ni temen hacerse preguntas. Para quienes la ausencia de respuestas incluso satisface. Las historias no siempre se cierran, el final es el comienzo. Y cómo nos gusta que nos hagan extrañar lo cotidiano, lo en apariencia inofensivo.


Si queréis ver el vídeo de la segunda parte de este programa (18/05/2011), pinchad aquí.

Mario Benedetti, La tregua


De Martín Santomé sabemos lo que nos dicen sus entradas de diario, a veces unas pinceladas sobre su persona, sobre su familia o sobre la vida gris de la oficina. Empleado viudo con la jubilación en ciernes, tres hijos con los que mantiene una tensa y afectuosa relación al mismo tiempo, viejos amigos viejos que llegan y se marchan. Nuestro narrador se describe a sí mismo como un triste con voluntad de alegre que dice haber jugado ya todas sus cartas y estar aguardando sin esperanza el final.

Pero entonces aparece una mujer, Laura Avellaneda, una joven vital, decidida, segura, inteligente, ilusionada, y entre Martín Santomé y la melancolía se establece una tregua. ¿Será efímera o, por el contrario, ganará la partida al personaje gris y resignado de Martín?

Mario Benedetti (1920-2009) publicó La tregua en 1960. Autor prolífico, poeta y narrador, escribió más de ochenta libros. A pesar de que la trama se sitúa en Montevideo y de que, de vez en cuando, aparecen briznas de vocablos uruguayos (por lo que la edición de Cátedra, con sus estupendas notas al pie, es más que recomendable), nos cuesta poco retroceder medio siglo y coger el tranvía por las calles de la capital uruguaya.

Una novela breve, de escasas 200 páginas, un diario que se lee como se escribe, en fragmentos cortos de estilo rápido, sencillo, que nos hace reflexionar sobre la fugacidad de la existencia, sobre las vidas no vividas y las treguas que no debemos dejar de atrapar con fuerza, apretando mucho los puños.



Si queréis ver el vídeo de la primera parte de este programa (18/05/2011), pinchad aquí.

viernes, 8 de abril de 2011

John Cheever, Fall river


¿Qué escribe un clásico antes de llegar a serlo? ¿Cómo son los primeros pasos de uno de los mejores cuentistas de nuestra época? John Cheever (Massachussets, 1912 - Nueva York, 1982), el Chejov de los barrios residenciales, no nos es extraño. Hemos leído sus novelas, pero quizás lo recordemos más por sus cuentos. Yo no puedo separarlo de “Reunión” o de “El nadador”, del que rodaron una película en la que un Burt Lancaster bronceado y escaso de ropa recorría las piscinas de sus vecinos.

Ahora, de la mano de Tropo Editores, nos llega esta novedad, editada en 2010, una pequeña joya. Fall river es una recopilación de trece relatos de John Cheever, escritos antes de convertirse en uno de los referentes de la narrativa norteamericana, entre los años treinta y cuarenta. Hasta ahora, habían permanecido inéditos en castellano.

Lejos de personajes muy marcados, el autor se decanta por vidas cotidianas, por parejas incapacitadas para la felicidad, por hombres que pierden su empleo (el narrador de “Autobiografía de un viajante”) o familias embargadas (“De paso”). Huérfanos del sueño americano.

Y a pesar de todo, a pesar del desarraigo, de la conformidad con un destino adverso, el peso trágico está muy medido, es sutil y resulta cercano sin caer en el melodrama.

Quizás porque hasta la vida más ordinaria resulta fascinante si se mira a través de la lente de John Cheever.



Si queréis ver el vídeo de la segunda parte de este programa (06/04/2011), pinchad aquí.

Irène Nemirovsky, El baile


Irène Nemirovsky (Kiev, 1903 – Auschwitz, 1942) escribió esta historia en 1930, cuando sólo contaba con veintisiete años, y fue un rotundo éxito. Escritora ucraniana de expresión francófona, su vida está marcada por varios éxodos que acabarían en un triste final. En 1918, su familia escapó de la Revolución Rusa, primero a Finlandia, después a París. A pesar de que se convirtió al catolicismo en 1939, las leyes antisemitas de Vichy le prohibieron publicar. Detenida y deportada, murió en Auschwitz.

En esta novela breve (menos de 100 páginas) y exacta, que funciona como la maquinaria de un reloj, entramos en el hogar de los Kampf, un matrimonio judío que, gracias a un giro inesperado de la Bolsa, se han convertido en nuevos ricos. Viven en París a comienzos del siglo XX con su hija adolescente Antoinette. Sin embargo, están demasiado preocupados en presumir y aparentar en unos ambientes sociales que no acaba de aceptarlos y Antoinette sufre la indiferencia de sus padres. Para ganarse el reconocimiento de la alta sociedad parisina, a la señora Kampf se le ocurre organizar un baile, del que excluye a su hija. Herida, Antoinette fraguará el modo de vengarse.

Un relato sobre el dolor del rechazo, la crueldad infantil, tan destructiva cuando es resultado de la falta de cariño, del paso de la adolescencia a la edad adulta. Una visión despiadada de la estupidez humana, de la necesidad de ser reconocido por los demás cualquier precio y el peligro del dinero cuando cae en manos perversas. Desde el principio, nos atrapará la lucha entre madre e hija, nos invadirá el desasosiego de que algo va a pasar. Hasta describir en qué consiste la venganza de Antoinette.


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viernes, 25 de febrero de 2011

Italo Calvino, Los amores difíciles


Italo Calvino (Cuba, 1923 – Siena, 1985) es, sin duda, uno de los pilares de la literatura italiana del siglo XX. Dejó en suspenso sus estudios de agrónomo a causa de la II Guerra Mundial y se graduó en Letras años después, con una tesis sobre Joseph Conrad. ¿Quién no recuerda sus personajes fabulosos de El vizconde demediado, El barón rampante, El caballero inexistente?

En primero de carrera, un profesor escribió su nombre en la pizarra y, de este modo, yo lo descubrí. Leí con avidez todo lo que de él caía en mis manos, sin hacer distingos entre ensayos, cuentos o novelas. Guardo buenos recuerdos de aquellas lecturas febriles, pero Los amores difíciles (1970) es el libro que mejor ha cumplido años conmigo.

Reeditado en 2009 por Siruela, recoge trece cuentos, trece historias sencillas sobre la ilusión del amor y sus trabas. Uno de mis favoritos quizás sea el titulado “La aventura de un matrimonio”, donde el obrero Arturo Massolari, trabajador nocturno, deberá convivir con la sombra diurna de su mujer, que se levanta de la cama cuando él se acuesta. O “La aventura de un viajero”, en el que se narra el incómodo recorrido en tren de un hombre enamorado, con la esperanza de encontrarse con su novia, que vive en otra ciudad.

Relaciones titubeantes que empiezan, parejas condenadas a la brevedad, a la inmediatez, a la imposibilidad. Y, sin embargo, la esencia del amor permanece, ese gozo de amar (un poco difuso a veces), de que el ser amado exista, aunque el vínculo sea fugaz o esté torpedeado por las responsabilidades, la distancia, la diferencia.



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David Gilmour, Cineclub


¿Cuántas novelas han sido llevadas al cine? Muchas. Pero, ¿y si formulásemos la pregunta al revés? Entonces, toparíamos con Cineclub, de David Gilmour (Ontario, 1949), una novela autobiográfica hecha a partir de muchas películas.

En ella, David Gilmour se narra a sí mismo y los tres años que pasó viendo películas, en su cineclub familiar, junto con su hijo Jesse, un adolescente que pierde interés por los estudios y abandona el instituto. A través de títulos clásicos y modernos, de factura europea, japonesa o americana, de directores como Hitchcock o Tarantino, padre e hijo reflexionarán sobre la técnica del lenguaje cinematográfico (los planos) o las razones por las que un personaje reacciona de una determinada manera.

A caballo entre el testimonio, el ensayo y la novela, Cineclub se ha convertido en una lectura llena de admiradores. Su autor, periodista, escritor y crítico de cine, posee un estilo sencillo y cuidado a la vez. Al principio, nos engancharán las referencias a películas clásicas que todos hemos visto ("Los cuatrocientos golpes", "Qué bello es vivir", "Ladrón de bicicletas", "Ran"…). Después, será la buena mano del novelista, las tramas, los personajes, los que nos revelarán que las películas son sólo una anécdota para contar una historia sobre padres e hijos, educación y convivencia.

Una novela solvente, de amena lectura, y un libro muy recomendado para ese amigo cinéfilo, que se ha visto todas las películas, las malas y las buenas, las antiguas y las modernas, que es capaz de recordar escenas y disfruta hablando de ellas. Pero también, una reflexión en torno a la necesidad de la presencia de los padres con su tiempo en la educación de los hijos. Casi nada.

Si queréis ver el vídeo de la primera parte de este programa (23/02/2011), pinchad aquí.