martes, 6 de abril de 2010

Alice Munro, El amor de una mujer generosa


Me gusta Alice Murno. Me gusta tanto que puedo estar leyendo sus cuentos, uno tras otro, hasta ponerme enferma de sus historias, hasta que me parecen todos el mismo relato y entonces tengo que dejarla por un tiempo y pasar a otra cosa. Es como un pequeño empacho placentero. Luego, durante unos días, cuando me pongo a escribir, sólo se me ocurren historias de familias canadienses, pasando las vacaciones en Wasaga Beach o viviendo en un piso de alquiler en la parte oeste de Vancouver. No lo puedo evitar. Efectos secundarios.

El amor de una mujer generosa es su último volumen de cuentos aparecido en español, publicado por RBA en 2009. Ocho cuentos, ocho relatos extraños, con extensión de novela corta y apariencia de auténticas novelas por la complejidad de sus tramas y la profundidad de sus personajes. Sus protagonistas son siempre mujeres, pero no hay en ellas nada de ese tufo doctrinal a costa de la condición femenina.

El relato que da título a este volumen gira en torno a una muerte misteriosa que se va desvelando poco a poco, a partir de la vida de los muchachos que descubren el cadáver y de una mujer por completo ajena a la historia. El conflicto, lo oculto, sale a flote, pero nunca se cierra por completo. Contraindicado para los enemigos de los finales abiertos.

Cierro la recomendación de hoy con una frase de Alice Munro, que es para mi escritura una máxima: “Una idea sólo me interesa si tiene alguna complejidad moral, si tiene varias aristas.”

Si queréis ver el vídeo de este programa (17/02/2010), pinchad aquí.

Atiq Rahimi, La piedra de la paciencia


Hay una creencia persa que habla de una piedra mágica a la que podemos contarle nuestras penas, desgracias, sufrimientos y miserias, a la que podemos confiar aquello que callamos, aquello que no podemos contar a nadie más. La piedra nos escucha y absorberá nuestras palabras, todos esos secretos, hasta el día en que por fin explote. Ese día quedaremos liberados.

Con un lenguaje poético, de frases cortas, Atiq Rahimi nos cuenta la historia de una mujer que cuida a un hombre tendido en un colchón, en estado vegetativo, en la cocina de una casa. La mujer le reza, le atiende, le habla, se confiesa, le reprocha, como si se tratase de esa piedra con poderes extraordinarios.

En la escritura de esta novela hay un ritmo marcado, punzante, el de la presencia en sordina de la guerra y la impotencia de los que amanecen un día entre dos fuegos. Una atmósfera asfixiante pulsada por las gotas del gotero, la respiración agónica del cuerpo, una ráfaga de balas que se escuchan a lo lejos, para dar voz a esas voces femeninas, sepultadas desde hace miles de años.

Una novela muy breve, escasas 120 páginas, para pintar con trazos incompletos algo de lo que se ha hablado muchas veces en la literatura: la sinrazón de las guerras, el fanatismo, la violencia y la opresión de las mujeres.

Esta obra consiguió el Premio Goncourt en 2008, el máximo galardón de las letras francesas.

Si queréis ver el vídeo de este programa (03/02/2010), pinchad aquí.

Manuel Mújica Láinez, El escarabajo


Manuel Mújica Láinez lo tuvo difícil. Perteneció a la generación por excelencia de escritores argentinos, la de los Borges, Cortázares, Sábatos y Arlts, y para colmo, se decidió a seguir un camino propio, el camino fluido y culto, de sabor arcaico y preciosista, de sus novelas históricas.

Tardó cuatro años en escribir esta obra de unas 600 páginas, en la que el protagonista y narrador de la historia es una joya con forma de escarabajo, un anillo egipcio de lapislázuli. El escarabajo nos contará su historia y la de sus poseedores, esas historias con minúscula que son el reflejo punteado de la Gran Historia con mayúsculas. El viaje comenzará en el Antiguo Egipto y recorreremos tres mil años de Historia, desde la Atenas de Aristófanes al asesinato de Julio César, estaremos en Roncesvalles con Roldán y en la mítica isla de Avalon, con Miguel Ángel en Florencia y cerca de Proust en el París de la Bohemia, hasta dormir largo tiempo en el fondo del Egeo y caer en manos de una millonaria estadounidense.

Estamos ante una gran obra, de grandes personajes (¿quién, si no, podría poseer una joya de ese valor?) en momentos de la Historia decisivos, con un enorme trabajo de documentación en bastidores. Pero no sólo de conocimientos se sustentan las obras que pretenden ser literarias. No nos engañemos: estamos ante un gran novelista, ante un entramado narrativo sólido. No en vano se cumple en Mújica Láinez la máxima de Aristóteles: “Enseñar deleitando”.

Existe una cierta densidad en su lectura, no lo voy a ocultar. Las descripciones son minuciosas, como corresponde al carácter del autor, y rehuye la palabra demasiado común, en favor de la palabra exacta. Pero, si a alguien le sirve, yo lo leí durante unas vacaciones, bajo el calor de una playa gaditana.

Y era julio.

Si queréis ver el vídeo de este programa (03/02/2010), pinchad aquí.

Hiromi Kawakami, El cielo es azul, la tierra blanca


Resulta necesario, más a menudo de lo que lo hacemos, girar nuestra cabeza occidental hacia el este. Soy la primera que peco de americanitis cuando se trata de libros de cuentos, o de francesidad exacerbada por deformación profesional. Por eso, leer una novela como El cielo es azul, la tierra blanca, resulta refrescante, no sé si tanto como un helado de té verde bajo los cerezos en flor, pero se tiene que parecer bastante.

Hiromi Kawakami es una escritora nacida en Tokio en 1958. Aquí sabemos poco de ella, lo que se limitan a señalar en la aleta de la editorial Acantilado, que ha publicado su novela en 2009. Fue profesora de Biología hasta que apareció su primera novela y es una de las escritoras japonesas más leídas en su país.

La historia gira en torno a dos personajes. Tsukiko es una mujer que roza los cuarenta, solitaria, sin suerte para las relaciones y el amor, según ella misma. “El Maestro”, llamado así por Tsukiko, es su antiguo profesor de japonés del instituto, un hombre mayor, sabio, solitario, que ha sido abandonado por su mujer. Ambos se encuentran de manera fortuita en una taberna, escogen la misma comida, beben sake frío o caliente según la estación del año y conversan, comparten momentos, se acercan, se alejan.

Todo el libro está envuelto en ese ambiente de haiku que ya nos anuncia el título. Una prosa sencilla, nada rebuscada, fácil de leer y al mismo tiempo, de una hondura poética, de una sutileza difíciles de encontrar. La novela está sembrada de elementos sensoriales (sonidos, colores, olores...), con especial detalle a lo que comen y beben los personajes, pero también a los delicados cambios naturales y las estaciones (lluvia, árboles, animales, setas, flores).

Una buena historia, en resumen, centrada, equilibrada, de relaciones verosímiles. En Japón, eso sí, otra cultura que, a pesar del sashimi de atún, el futón y el kimono, no nos resulta ni extraña ni alejada, puesto que permite la identificación, la empatía.

Esta novela me ha recordado a la película japonesa Despedidas. Tal vez alguien la haya visto y coincida conmigo en ese algo pequeño y delicado que ambas historias comparten. Un algo triste y bello que no decepciona. ¿Por qué será?

Si queréis ver el vídeo de la segunda parte de este programa (13/01/2010), pinchad aquí.

Albert Camus, El extranjero


Todos tenemos nuestro mapa, nuestro cuaderno de bitácora, en el que las lecturas se anclan a un espacio y a un tiempo concretos, que las definen, las fijan, las interpretan. Leí por primera vez El extranjero en primero de carrera y creo que me enteré de bastante poco, pero todas han sido después un eco de esa primera.

En 2010 se cumple medio siglo de la muerte de Albert Camus en accidente de tráfico. Tenía 47 años, estaba enfermo de tuberculosis, había ganado hacía tres el Nobel de Literatura, era ya una figura de referencia entre las corrientes nihilistas, al mismo tiempo que luchaba a favor de la fraternidad humana (¿quién no se acuerda del médico protagonista de La peste?). Había escrito de todo: novelas, ensayos, piezas de teatro.

El extranjero es Meursault, su protagonista, una persona apática, indiferente a la realidad por lo que ésta tiene de absurda e inabordable. En la primera parte de la novela, asistimos a la muerte y entierro de su madre. Conversa con Marie, su novia, y comete un absurdo crimen carente de motivación: mata a un árabe en una playa. En la segunda parte, seremos testigos del juicio y los interrogatorios. A pesar de sentirse inocente, y de que el lector lo sienta como tal, jamás se manifestará en contra de su ajusticiamiento. Todo es imparcialidad adolescente en Meursault, todo es “no sé” o “me da igual”. Un leve encogimiento de hombros.

Se ha dicho de esta obra que es una premonición del hombre posmoderno, del personaje perdido y sin valores, insensible, como los de Carver, Capote o Hemingway, pero si nos gusta es porque nos plantea preguntas sobre la identidad y las motivaciones del ser humano, porque plantea reflexiones al lector, que éste no puede obviar. Y al mismo tiempo, resulta muy fácil de leer, con su estilo de frases cortas, el tono frío, neutro, sin implicación del autor, sin descripciones recargadas. Yo me quedo con la empatía compleja que plantea: al leerlo, no podemos identificarnos con Meursault (¿por qué no siente pena por su madre, por qué no quiere a Marie, por qué mata al árabe, por qué no se rebela en el juicio?), pero al mismo tiempo no podemos dejar de sentir curiosidad por descubrir los orígenes de su comportamiento.

Si queréis ver el vídeo de la primera parte de este programa (13/01/2010), pinchad aquí.

Michael Ende, Momo


Momo es una niña corriente y especial, como todos los niños, a la que le gusta inventarse juegos con sus amigos y escuchar a los adultos. Esta atmósfera placentera se rompe con la llegada a la ciudad de unos extraños individuos, los Hombres Grises, que infunden en los adultos la idea de ahorrar tiempo, suprimiendo todas esas actividades “superfluas”, como conversar con los amigos, cuidar a la familia, jugar con los niños, leer o escuchar música. Poco a poco, la vida en la ciudad se vuelve monótona y triste. Cuánto más tiempo ahorran los adultos, más infelices se vuelven. Sólo Momo, nuestra heroína, será capaz de dar la vuelta a los planes de los Hombres Grises, con la ayuda del Maestro Hora y la tortuga Casiopea.

Con lo que hemos contado de la trama, no nos extrañará que Michael Ende provenga de una familia de artistas. Hijo de un pintor surrealista, adquirió fama universal con Momo (1973) y La historia interminable (1979), dos libros de fantasía que fueron llevados al cine.

Momo es el segundo de los libros que recomendamos para los lectores más jóvenes, en este caso para niños a partir de 12 años. Es un libro que se lee muy fácil, es ameno y entretenido, sobre todo a partir de la entrada en escena de los Hombres Grises. Pero no nos engañemos, se trata de un libro para que los adultos especialmente lo lean. Lo que hay detrás de este cuento es una crítica al consumismo, al trabajar para gastar, a este mundo en el que sólo lo contable, sólo lo que cuesta dinero, importa. La moraleja dice que, en realidad, lo que nos hace felices es siempre gratis: el amor, la amistad, la imaginación, el jugar con los niños, la música, el arte, la vertiente espiritual del ser humano.
Disfrutemos, por tanto, del tiempo y de la vida sin prisas. A leer.

Esta recomendación está dedicada a Ana, una niña corriente y especial, como todas las niñas...

Si queréis ver el vídeo de la segunda parte de este programa (02/12/2009), pinchad aquí.

Sempé y Goscinny, El pequeño Nicolás


Como se acercaba la Navidad, me pidieron que llevase al programa dos lecturas para los más jóvenes. Me acordé de El pequeño Nicolás, recomendado para niños a partir de 10 años.

Sempé dibujaba y Goscinny inventaba las historias. Era el momento de Astérix y Luky Luke. Goscinny empezó también como dibujante, pero luego se decantó por los guiones. Fue un escritor fecundo e incansable, tenía un aspecto sonriente, de buena persona. Murió demasiado pronto, recién estrenada la cincuentena. Sempé sigue, hoy en día, dibujando en su buhardilla de París. El pequeño Nicolás se ha hecho mayor.

Las historias de Nicolás se publicaban de manera periódica en revistas, hasta que surgió esta recopilación a la que luego seguirían otras con los mismos personajes (Los recreos del pequeño Nicolás, Las vacaciones del pequeño Nicolás, Los amiguetes del pequeño Nicolás). Se trata de pequeñas anécdotas, cuentos cortos, episodios de la vida de este chico y sus compañeros de clase, como el día de la entrega de notas o cuando juegan al fútbol y hacen equipos. Tal vez todavía nos acordemos de alguno de sus nombres: Agnan, Alcestes, Clotario, Eudes, Godofredo...

Nos gusta por su sencillez, porque nos recuerda a un tiempo en que los niños no necesitaban más que un balón para jugar y en el que el peor de los castigos era quedarse sin postre. Y ese tiempo es anterior a la invasión de lo políticamente correcto: los niños juegan a indios y vaqueros y los indios son, por descontado, los malos. Incluso en un capítulo, no se lo van a creer, ¡Nicolás y un amigo se fuman un puro robado a un padre! Sí, sí, a ver quién es el listo que pone ahora un cigarrillo en la boca de Hannah Montana.

Parece mentira que este libro sea de 1960. Cuántas cosas han cambiado y cuántas otras permanecen intactas. Feliz lectura, para grandes y pequeños.